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Residuos sólidos y el Cambio Climático

Existe consenso en que la generación creciente de residuos sólidos y la gestión inadecuada de los mismos constituyen uno de los grandes problemas ambientales de este siglo XXI. Si se indaga en las razones por las cuales los residuos sólidos se consideran un aspecto prioritario, seguramente se mencionen consideraciones como los basurales clandestinos a cielo abierto, la contaminación de acuíferos, ríos, playas y las costas, los malos olores, las condiciones sociales inaceptables de las personas que buscan en los residuos algún objeto aprovechable, o bien la proliferación de vectores de enfermedades como el Aedes aegypti.

Si bien cualquiera de los aspectos mencionados resultaría una razón de sobra para catalogar los residuos sólidos como un problema que demanda acciones y soluciones inmediatas, existe una consideración adicional que en muchas ocasiones es obviada o ignorada: su contribución al calentamiento global.

El cambio climático nos afecta a todos. Sin embargo, su impacto es mayor en la población más pobre y vulnerable en las zonas rurales y en los asentamientos humanos precarios, principalmente los que están en las riberas de los ríos, en las laderas y pendientes expuestas a deslizamientos de tierra, cerca de terrenos contaminados, en suelo desertificados y a lo largo de las zonas costeras.

En un contexto de cambio climático, el mal manejo de los residuos sólidos, multiplica y agudiza los focos de infección, trayendo como consecuencia el incremento de enfermedades, mosquitos, ratas, aumento del uso del agua, de insecticidas y venenos, así como incremento en el gasto dentro del hogar.

Los residuos orgánicos

Los residuos sólidos están constituidos por una mezcla heterogénea de materiales, dentro de los cuales se encuentran residuos biodegradables u orgánicos, papel, cartón, plástico, vidrio, metales, entre otros. En el caso particular de los residuos sólidos domiciliarios, el material biodegradable constituye cerca del 50% de todos los residuos, medidos con base en su peso.

A lo anterior se debe añadir que el papel y el cartón, a pesar de clasificarse por separado, en el fondo también son biodegradables. Incluso, dentro de la clasificación de “otros”, se ubican materiales como papel higiénico, toallas y demás residuos sanitarios que tienen también base orgánica.

A los efectos de calentamiento global, el problema lo constituye precisamente este alto porcentaje de material biodegradable, principalmente por su falta de aprovechamiento y mala gestión.

El proceso de descomposición de los residuos orgánicos emite una serie de gases de efecto invernadero, en especial metano (aunque también algunos óxidos nitrosos y dióxido de carbono, en menor escala).

 

Los GEI, como su nombre lo indica, contribuyen a atrapar el calor generado por los rayos solares en la atmósfera, a manera de un gran invernadero atmosférico. Si bien los GEI son componentes naturales y fundamentales de la atmósfera, el problema reside en la elevada concentración de los mismos. Como opinión casi consensuada de la comunidad científica mundial, la emisión antropogénica (inherente a actividades propias de los seres humanos) de GEI es la principal responsable del calentamiento global.

No todos los GEI tienen la misma capacidad para atrapar los rayos ultravioleta, por lo cual se ha establecido un índice llamado Potencial de Calentamiento Global (PCG), el cual mide de manera relativa cuánto calor puede ser atrapado por un determinado GEI, en comparación con el dióxido de carbono. El PCG puede ser calculado para diferentes horizontes de tiempo, siendo 100 años el valor más frecuente.

Según el IPCC (2007), el metano, principal GEI emitido en el proceso de descomposición del material biodegradable, tiene un PCG a 100 años de 25. En otras palabras, la emisión de una tonelada de metano a la atmósfera es equivalente a emitir 25 toneladas de dióxido de carbono, lo cual hace aún más evidente la relevancia que tiene el sector de los residuos en la lucha para reducir el calentamiento global.

La gestión de los residuos y el cambio climático

Un informe reciente del Banco Mundial sobre gestión de residuos y cambio climático estima que los métodos actuales de gestión de residuos, específicamente las emisiones de los basurales a cielo abierto, representan casi el 5% del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y el 12% de las emisiones mundiales de metano (CO4), un gas de efecto invernadero con un impacto de más de 20 veces al del dióxido de carbono (CO2).

Una interpretación errónea de este número haría suponer que no es un porcentaje importante, pero en números absolutos representa cerca de 2000 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente al año. De hecho, según algunas estimaciones, las emisiones por residuos igualan rubros como la aviación internacional y el transporte marítimo. Los botaderos mal gestionados son responsables del 75% de las emisiones de metano a la atmósfera (Ambientum, 2003).

En el ámbito mundial, casi el 70% de nuestros residuos sólidos se deposita en basurales a cielo abierto, mientras que un reducido 19% se recupera mediante compostaje o reciclaje y el 11% restante se convierte en energía mediante incineración u otras tecnologías de conversión de residuos en energía.

La generación de residuos sólidos urbanos en los países de América Latina y el Caribe alcanzó un volumen de casi 540.000 toneladas diarias y la expectativa es que, para 2050, la basura producida en la región llegue a las 671.000 toneladas diarias.

De acuerdo con los estudios realizados, las quemas a cielo abierto en los basurales, en las vías públicas y los patios de las casas, liberan cerca del 70% de las dioxinas y furanos en todo el territorio nacional. Estas sustancias son 5 millones de veces más tóxicas que el cianuro, son cancerígenas y pueden permanecer en el organismo humano hasta 40 años.

Además, las quemas a cielo abierto, son un factor clave para que los países no logren cumplir con las metas establecidas en los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) y Convenios Internacionales como el Convenio de Estocolmo sobre los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COPs).

Existen múltiples opciones tecnológicas para reducir las emisiones de GEI de los desechos post consumo. El compostaje puede eliminar las emisiones de gases de efecto invernadero de los basurales y reducir los gases de efecto invernadero en general a partir de los desechos sólidos. Las quemas a cielo abierto son un factor clave

El material orgánico en un relleno sanitario o en un basural produce metano. Contrariamente, el compostaje es aeróbico, emite dióxido de carbono con un menor potencial de gas invernadero por átomo de carbono emitido. Esta emisión de GEI se compensa porque el uso de compost en la agricultura aumenta la captura de carbono, disminuye la necesidad de riego hasta en un 70% y también reduce la necesidad de fertilizantes químicos.

La conversión de residuos a energía a través de la combustión es otra opción con potencial para la mitigación del cambio climático. Hay más de 800 de estas plantas en todo el mundo que producen electricidad y calefacción urbana para la comunidad mediante la incineración de desechos. Por ejemplo, Suiza, Japón, Francia, Alemania, Suecia y Dinamarca son países en los que el 50% o más de los residuos que no se reciclan se envían a un incinerador, reduciendo la cantidad que se desechan en los vertederos a un 4% del total de los residuos generados. Algunos de estos países han aprobado legislación para prohibir el futuro depósito en vertederos de residuos combustibles.

La jerarquía de tratamiento de residuos como una posible solución

La jerarquía en el tratamiento de residuos nos orienta a qué medidas prioritarias debemos abordar a la hora de planificar una gestión adecuada de nuestros residuos: 1) prevención, 2) preparación para la reutilización, 3) reciclaje, 4) valorización (incluido el compostaje) y 5) disposición final.

Priorizando la minimización en la generación de residuos, evitamos la generación de GEI debido tanto al tratamiento de residuos como a la extracción de materia prima y generación de productos. El reciclaje implica también grandes ahorros de emisiones, además de transformar materiales de desecho en recursos valiosos. Existen numerosas tecnologías que permiten valorizar energéticamente los residuos y convertirlos en una herramienta para un modelo energético más sostenible. Por último la eliminación de residuos deberá realizarse cuando ya no quede más alternativa y de manera que se reduzcan al máximo el potencial de emisiones de metano de los residuos.

La economía circular

Actualmente, se considera que este enfoque “lineal” de la economía de los residuos sólidos ha llegado a su fin: extracción (materias primas) – fabricación (procesamiento industrial)- utilización (comercialización y consumo) – eliminación (disposición final de los residuos sólidos). Se ha planteado el concepto de Economía Circular.

La Economía Circular es aquella en donde los residuos sólidos ya no van de la “cuna a la sepultura”, sino de la “cuna a la cuna“, de tal forma que la economía consiste en un ciclo continuo. Para lograrlo es necesario re-diseñar los productos, con el fin de que se adapten para el desmontaje y la readaptación. Se considera que:

a) los materiales biológicos no son tóxicos y pueden compostarse fácilmente,

b)  los materiales técnicos –polímeros, aleaciones y otros materiales artificiales– deben ser diseñados para volver a utilizarse con una mínima energía y la máxima retención de la calidad. Se considera, en cambio, que el reciclaje, tal como se entiende habitualmente, provoca una reducción de la calidad y vuelve al proceso como materia prima en bruto.