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Olor a pan quemado

Por Juan Miguel Idiazabal (*)
 

Odio el olor a pan quemado. Amo el olor a mar.

El pan quemado es una mañana de marzo. Son las campanas ensordecedoras. Son mi ama y mi aita asustados. Son mis hermanas corriendo. Somos todos escapando del silbido de las bombas. Es el cura destripado en el atrio. Es la panadería de la amona Itziar en llamas. Son las boinas saltando sobre las bancas. Son mis lágrimas que ardían. Son pájaros metálicos en mis pesadillas. Es una nube de escombros sobre mi hermano. Es un calor sofocante pero frío. Es el aire ácido. Son las balas de la guerra. Son las cicatrices en mis manos. Son las balas rozando mis piernas. Es el caserío perdido. Es la ikurriña rasgada. Es el camino lejos de casa. Son soldados haciendo venia a la Parca. Es el patxaran aguado en la ría. Son pies hinchados. Es el humo que todo lo envuelve. Son los rescatistas muertos sin tumbas. Es un mercado de cuerpos. Es mi aita llorando. Son los árboles muertos de pie. Es mi hermano enterrado. Es la mentira. Es sadismo. Es terror. El olor a pan quemado es Durango.

El olor a mar es un atardecer de noviembre. Son miles de pasajes. Es un barco gigante donde perderme. Es la risa de mi ama. Es mi aita fumando preocupado. Son tardes de mareos. Son días interminables bajo el sol y la tormenta. Es un puerto lejano. Es el frío que cala los huesos. Son miles de extraños en una habitación. Son tantas lenguas que escuchar. Es un calor sofocante. Es la esperanza en los labios. Es una promesa de un sur mejor. Es un viaje en tren. Es un balneario afrancesado. Es un mar frío. Es el sonriente sol entre las nubes y el cielo. Es una casa chorizo con olor a barcos. Son las partidas de mus. Es un frontón cerca de la escollera. Son recuerdos de una vida anterior. Es una panadería frente al mar. Es una fotografía tras el mostrador. Son las cicatrices de mi alma sanando. Es el primer día de escuela. Son las partidas de mus. Es la vida que volvió a nacer. Es la arena escapando de las manos de mis hermanas. Son boinas discutiendo sobre el futuro. Son bailes en la iglesia. Son los besos de un primer amorío juvenil. Es la alegría de los hijos e hijas. Es la ikurriña flameando todos los abriles de mi vida. Son los malvones florecidos de mi ama. Son mis padres felices. Son mis nietos y nietas. Son cientos de recuerdos. Es lo dulce y lo salado. Es vida. Es la alegría. Es un sueño hermoso. El olor a mar es Mar del Plata.

Hoy, mi biloba Itziar quemó el pan por primera vez. Lloré recordando lo que perdí en Durango. Ante las preguntas de mi nieta, desahogué mi alma tumultuosa. Mientras se mezclaban su olor a pan quemado con mi olor a mar lloramos, mi Itziar y yo. El olor a pan quemado no me pareció tan terrible.

Hoy, Durango y Mar del Plata están muy cerca una de la otra.

(*) Relato enviado por Juan Miguel Idiazabal que resultó ganador de la segunda edición del concurso Valijas con Historia, organizado por la Dirección General para la Promoción y Protección de los Derechos Humanos de General Pueryredon.

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